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Llevo semanas con algo en la cabeza. La frase «te odio» resuena en mi mente una y otra vez. No porque odie a nadie (o eso pienso al escribir esto) sino porque el odio está en todas partes, impregnándolo todo. Más fuerte que nunca, más presente que nunca. Más destructivo que nunca. Y he decidido meterme, de nuevo, en un jardín. Voy a analizar el odio como variable relevante en el mundo de la empresa, desde un enfoque KAIZEN. Vamos con el Episodio I. Si esto no es valentía, venga Dios y lo vea.

Antes de nada quiero abordar esto desde la humildad. No somos seres de luz y yo el primero. Así que asumir que no odio a nada ni a nadie es una falacia. Para empezar, odio el reaggeton (si es que se escribe así). Pero no me refiero a eso, y lo sabes. Me refiero al odio a las personas.

Y lo primero es definir qué entendemos por odio. Según la Wikipedia, «el odio es un sentimiento intenso de repulsa hacia alguien o algo que provoca el deseo de rechazar o eliminar aquello que genera disgusto; es decir, sentimiento de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia una persona, cosa, o fenómeno. Así como el deseo de evitar, limitar o destruir a su objetivo«.

Y en la negrita, bajo mi humilde opinión, está la clave de todo. Puede no gustarnos alguien (de hecho, es normal) pero en el momento en el que deseamos destruirle (o simplemente que le pase algo malo) estamos entrando en el maravilloso y (auto) destructivo mundo del odio. Porque el odio a alguien tiene una raíz muy profunda en el odio a uno mismo.

Pero vamos por partes. Que el odio forma parte del ser humano no es algo nuevo. Llevamos milenios dándonos tortas unos a otros simplemente porque no pensamos igual. Y sí, hemos mejorado algo, pero conflictos como el de Ucrania, Afganistán o tantos otros nos recuerdan que el odio sigue ahí. Pero no es este tipo de odio el que me ocupa hoy. Tampoco me voy a detener en el odio ideológico, de género o a grupos sociales y/o raciales, todos ellos igual de abyectos. Simplemente no me veo capaz de analizar una problemática tan compleja. No soy sociólogo, vive Dios.

Desde un punto de vista de negocio, empresarial o KAIZEN, me interesa el odio chiquitito. Aquel que, cual gota de agua, va horadando poco a poco la roca de la convivencia. Ese odio con piel de cordero que se pega a nuestra alma, tiñéndolo todo de negro. VENOM.

Te odio (Episodio I) No puedo poner imágenes de VENOM por derechos de autor, asi que pongo una serpiente negra.

En esta serie de artículos me he propuesto analizar una serie de ejemplos reales de odio. Muestras que quizá parezcan poco importantes, frívolas incluso, pero que me parecen muy ilustrativas de lo que quiero plasmar. Y cómo no, tras nuestro viaje por el multiverso de la locura, acabaremos en la esfera empresarial. Pero eso, my friend, tendrá que esperar.

EPISODIO I: DOVER

Hace unas 3 semanas leí un artículo en El País que me llamó muchísimo la atención. Tanto, que realmente es la chispa que dio lugar a este post. El titular rezaba: «Dover: la luz y la oscuridad de lo nunca visto en el rock español».

En el año 1997 (yo vestía unos maravillosos 19 añitos, ains) se publicó el LP «Devil Came To Me» (Subterfuge, 1997) de los madrileños Dover. Un auténtico bombazo. Algo completamente inesperado: un grupo liderado por dos mujeres, que cantaba en inglés, con un estilo nada español y nada comercial. Letras agresivas, guitarras sucias y atronadoras. Rabia, sudor, gritos, y ante todo, canciones coreables. Y resulta que eso era lo que necesitaba la gente de la época.

Pese a mi pasión por la música y, en esos años en particular, por el grunge de Nirvana, Pearl Jam o Soundgarden, Dover nunca me gustó especialmente , aunque era de agradecer que triunfara eso y no Barbie Girl de Acqua (ahora la escucho y me parece muy divertida; es lo que tiene darle la vuelta al jamón).

Quizá fuera porque sonaba a todas horas y en todas partes. «Devil Came To Me», «Serenade» o «Loli Jackson» eran, sencillamente, omnipresentes. La turra con Dover duró muchos, muchos meses. El grupo triunfó incluso fuera de España. Un auténtico fenómeno de masas. Pasaron de vender 500 copias de su primer disco (con mi grupo vendimos 100, no te digo más) a 800.000. Una locura. La gente los adoraba. Las hermanas Llanos eran unas celebrities. Bien por el grupo, se lo habían currado. Habían confiado en su propuesta y, contra todo pronóstico, habían llegado a lo más alto.

Como te puedes imaginar, la cosa iba a acabar mal. Muy mal.

I KA KENÉ

Tras 4 LP’s más o menos exitosos (aunque cada vez un poquito menos) con su disco «Follow the city lights» (2006) el grupo dio un giro hacia la música disco. El público rockero les dio la espalda. Bueno, lógico. Si no te gusta la música disco, quiero decir. Son incontables los grupos que han dado un giro radical en su carrera, muchos de ellos con enorme éxito. A bote pronto me vienen dos: «Achtung Baby» (1991) de U2 o «Kid A» (2000) de Radiohead. Ambos discos dieron mucho que hablar, generaron críticas atroces, pero rápidamente fueron alabados como un renacer brillante y genial. Personalmente, ambos LP’s están en mi TOP… no sé qué número, en mi TOP. Ha llegado una edad en la que no tengo que elegir lo 5 o los 10 de nada. Como diría Freddy Mercury, lo quiero todo.

Bien, volvamos a Dover. Este «Follow the city lights» no fue tan mal recibido como cabría esperar. A nivel de ventas funcionó bastante bien, pero había comenzado la verdadera travesía del desierto. Cristina Llanos, la líder y cantante del grupo empezaba a estar agotada de conciertos, ruedas de prensa y saraos. Y es en este punto, donde todo grupo (organización, empresa, pon el nombre que quieras) se enfrenta al momento de la verdad: asumir que las cosas no son como antes y decidir qué camino tomar para alcanzar, de nuevo, el éxito. Dover tomó una decisión arriesgada. Ojo, ni mala, ni buena, arriesgada. El riesgo es lo que tiene, puedes triunfar a lo bestia o irte a la mierda. Evalúas, decides y tiras palante.

Y la decisión se llamó «I Ka Kené» (2010), un disco de influencia africana, a medio camino entre el rock, el pop y la música disco.

La gente los destrozó. Sin piedad. En los programas de TV se hacía el chascarrillo de «eres más malo que el último disco de Dover» (lo dijo Buenafuente en su programa). Las redes sociales empezaban y los haters se dieron cuenta de que todo el campo sí era orégano. Las ocurrencias (muy nuestras) empezaron a aflorar. «Dover Kebab» fue lo más bonito que se dijo del disco. Eso, y que el novio de Cristina, africano, tenía la culpa. El Yoko Ono español.

Un grupo con 15 años de historia, que lo había conseguido todo en el mundo de la música (probablemente el grupo de rock español más importante de la historia junto con Mecano y Héroes del Silencio) pasó a ser el hazmerreir de todo un país. Y aquí cuando se sacude, se sacude con toda la fuerza. Si lo hace todo el mundo, algo habrán hecho. Que se jodan, que han ganado mucho dinero. Ya sabes, esas maravillas de la empatía nacional.

Pues tengo una cosa que decir al respecto: lo único que hicieron fue abrir su campo creativo, indagar en otras culturas. Expandirse como artistas. Algo que, por otro lado, es inherente al propio arte. Buscar, explorar, dejar volar la inspiración. Y a ser posible, no poner las ventas como objetivo, sino el propio arte. Dover lo hicieron BIEN. Fueron lo que tenían que ser, artistas, creadores. Cometieron el error de ser libres. Y la peña no les perdonó el atrevimiento. Juez, jurado y ejecutor, como cantaba Yorke con los Atoms for Peace.

Te confieso una cosa: ahora mismo, mientras escribo estas líneas, estoy escuchando «I Ka Kené». Mientras lo hago identifico trazas de Mike Oldfield (que tiró mucho de música africana en Ommadawn y en Incantations). O incluso de Vampire Weekend, un grupazo británico que desde sus inicios ha integrado la música africana con el rock. Pero claro, Vampire Weekend siempre lo han hecho así, y además son ingleses. El disco no es nada malo, pardiez. Dover seguirá sin ser uno de mis grupos de referencia, pero este «I Ka Kené» me parece un buen disco. Muy bueno, incluso. Agradable, armónico, optimista y muy maduro. Cristina canta con la sabiduría de alguien que ha caminado muchos kilómetros en el (mucho más complicado de lo que la gente cree) mundillo de la música.

Pero ojocuidao. Es mi humilde (e inútil) opinión, que para poco vale. Me gustan los Chemical Brothers, Nine Inch Nails o Björk, artistas cuya música podría calificarse como ruido infernal por muchos.

Aquí no hablamos de música, sino de otra cosa. Hablamos de emociones, primarias y profundamente arraigadas. De la complejidad humana. Del linchamiento al que piensa diferente. De la intolerancia a que otros hagan lo que no nos gusta. De envidia. De eso hablamos, my friend, no de Dover, ni de Julio Iglesias. Y lo sabes.

Y KAIZEN… ¿QUÉ OPINA DE ESTO?

He empezado hablando de que me interesa el odio chiquitito. Y lo que pasó con Dover fue muy grande. O no. Si lo piensas, el odio grande es la suma de muchos odios pequeñitos. Y de otros que, sin odiar, callamos o miramos para otro lado, mientras no seamos nosotros los odiados. A veces, no hace falta linchar a nadie para causar un daño irreparable. El simple hecho de hablar mal de alguien ya deja una huella.

KAIZEN pone en el centro a las personas. Considera el error como una oportunidad y trata de crear un ambiente en el que las personas se sientan libres para buscar soluciones, para crear, para equivocarse, para ARRIESGARSE, sin que ello suponga que te juzguen, más bien al contrario.

Sin embargo, nuestra sociedad (me refiero a la española, pero sospecho que es un virus muy contagioso) castiga a los que se salen de lo establecido, los que deciden ir a contracorriente, los que se arriesgan. Sí, es cierto, cuando alguien triunfa todo son elogios (oh, es un visionario que siempre ha ido a contracorriente) pero por el camino muchos se han reído de él. Puede que tú, puede que yo.

Cada persona ve el mundo desde su propia perspectiva, con el filtro de sus propias experiencias (su peineta, que diría mi amiga Lupe del Río). No integrar esto en las organizaciones es un error de dimensiones bíblicas, porque las empresas son personas, y las personas son emociones.

Hemos cortado de raíz la espontaneidad, la creatividad, pese a que son valores muy solicitados. El problema es que somos un poco tramposillos… esa espontaneidad y creatividad están muy bien cuando generan beneficios, pero no nos gustan tanto cuando son intentos, pruebas, sin ser conscientes de que, en la mayoría de las ocasiones, son una pieza más de algo mucho mayor. Pero pensar a largo plazo no es fácil. Ni barato, aunque pueda generar enorme riqueza con el tiempo.

Pero no solo de Dover vive el odio. Oh, no, my friend. Hay muchos casos interesantes, en el mundo de la música y en otros mundos. En siguientes capítulos voy a contarte odios curiosos, y me adentraré en la oscuridad. Al igual que el Doctor Strange (me pondría ahora a escribir sobre ella pero hay que saber parar) me pondré frente a frente con el mal.

Pero eso, my friend, será en el siguiente episodio.

Fuente: El País