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Así reza nuestro Kaizen Concept #9. Y aunque sea políticamente incorrecto, lo repetimos hasta la saciedad: Meter horas no vale para nada.

Espera, espera, que te lo repito, para que no haya dudas: METER HORAS NO VALE PARA NADA.

O puede que sí… si quieres morir.

Hace muchos muchos años, en una empresa no muy lejana

Corría el año 2007, antes de que ninguno de nosotros supiera quién eran los Leman Brothers. Eran años de bonanza, en los que la crisis financiera que azotó el mundo en general y a España en particular aún no había llegado a nuestras vidas. Y para colmo, yo trabajaba en una empresa constructora… así que te puedes imaginar.

Pese a que todo iba bien, y se ganaba mucho, mucho, muuuucho dinero (quien lo ganase, claro) la gente prácticamente vivía en la oficina.

Yo era un recién llegado a ese sector y me faltaba mucho por ver, y sobre todo por aprender… pero lo que era evidente a simple vista era la presión a la que todo el mundo estaba sometido. Había un ambiente opresivo, agresivo en ocasiones, en el que se dejaba claro que había dos normas básicas: una, nadie se iba a casa a su hora y dos, había que obedecer. Sin matices, sin rechistar. Ordeno y mando. Señor, sí señor.

Si cumplías estas dos premisas, todo iba bien.

Si no… bronca, y gorda. Como mínimo.

Ahora lo pienso y no puedo creer que tragase con ello. Pero era joven, e inexperto.

Lo que lo cambió todo.

Si soy sincero contigo, no fue solo una cosa. Hubo una serie de circunstancias que motivaron mi “cambio de chip”. Pero sí hubo algo que fue, como suele decirse, la gota que colmó el vaso.

Aún estaba en período de formación y a veces me explicaban cómo hacer algunas cosas

Mi entonces jefe, un aparejador de Pamplona que, la verdad, no era mal tipo, me dijo que había que hacer un reestudio en Navision (de ahí en adelante, y durante unos 4 años, la palabra “reestudio” estuvo a la altura del betún) y que no nos iba a llevar más de media hora.

Julio. 38 grados. Ni una nube en el cielo. Jueves.

Bien, al tema. Este mensaje, aparentemente inofensivo, me lo dijo a las 10:00h de la mañana. Teniendo en cuenta que mi “horario” acababa a las 19:00h no me preocupé.

Ay, ingenuo, verás, verás.

A las 16:00h aún no sabía nada.

A las 16:30h: “Ahora mismo nos ponemos, que ando liado con un tema urgente”

A las 18:00h: “Dos minutos”

Empezamos a las 19:30h. Y lo que iba a durar media hora se transformó en 4 horas y media.

Algo no cuadraba. Alguna función mal ajustada, un dato erróneo. Lo mismo da.

4 horas y media mirando a una pantalla, sin entender absolutamente nada.

No conseguimos terminar.

Llevaba despierto desde las 6 de la mañana. Llegué a casa a la 1 de la madrugada. Tuve que pellizcarme para no dormirme en el coche.

Al día siguiente, no era persona. Llegué a las 8 en punto, por supuesto. Mi jefe, a las 11 de la mañana. Preguntó a un compañero y en 5 minutos solucionó el tema.

Yo estaba agotado y, por qué no decirlo, cabreado. No conseguí concentrarme en todo el día.

No fue un día muy productivo, la verdad.

Pero valió la pena. Aquel día decidí que era la última vez que me pasaba algo así.

Pasé un buen fin de semana de verano. Y el lunes volví al trabajo.

Me fui a mi hora.

Y el martes.

Y el miércoles.

Nunca dejé mi trabajo sin hacer.

Hace tiempo no hubiera contado esto

¿Y sabes por qué? Porque si dices que te vas a tu hora, la gente te mira mal. Puede que sea sorpresa, curiosidad, o directamente rechazo, pero es así. Está mal visto, así de simple. Pues me da igual. Si no les gusta, que no miren.

Cuando me fui de ese trabajo (sí, lo sé, ya te lo esperabas) lo primero que le dije a mi nuevo jefe es que me dijera el horario, porque lo iba a cumplir a rajatabla. Puso cara rara, sí, pero lo aceptó.

Pero siempre que lo digo, siempre que pronuncio las palabras mágicas, la gente tuerce el morro.

Aunque he de serte sincero: algo está cambiando. Las nuevas generaciones lo tienen mucho más claro: quieren trabajar, pero también quieren vivir. Y la verdad, están en lo cierto.

Sin embargo, sigue habiendo un tufillo rancio y viejuno con este tema.

Ese jueves podría haberme matado en el coche. Pero aparte de eso, el viernes prácticamente fue un día perdido. Si echamos cuentas, aquello le costó dinero a la empresa, y yo no aprendí nada (técnico, quiero decir, porque aprender, aprendí mucho).

Peligro de muerte

Bueno, 15 años después la OMS me ha dado la razón. Trabajar más de la cuenta puede matarte. Así de fácil.

El pasado 17 de mayo de 2021, la OMS publicó un estudio, del que se hicieron eco los medios de comunicación, en el que, entre otras cosas, se decía que “las jornadas laborales prolongadas provocaron 745 000 defunciones por accidente cerebrovascular y cardiopatía isquémica en 2016, una cifra un 29% superior a la de 2000”.

Concretamente, estas 745.000 muertes se reparten entre 398 000 personas, que fallecieron a causa de un accidente cerebrovascular y 347 000 por cardiopatía isquémica como consecuencia de haber trabajado 55 horas a la semana o más.

Y eso sin contar accidentes de coche, depresiones, estrés, ansiedad, angustia.

Más de 55 horas a la semana. Eso son 11 horas al día de lunes a viernes. O, si lo prefieres, 8 horas de lunes a domingo.

¿En serio?

Pocas muertes me parecen.

Ineficiencia nivel Dios

Estamos en la era de la digitalización, del estado del bienestar. Del fitness y del mindfulness. Mucho ness.

Pero trabajando 11 horas al día.

Vamos, que no puede haber una ineficiencia mayor y más destructiva.

Si somos digitales, somos eficientes y somos modernos, ¿no sería lógico pensar que con una jornada de trabajo de 8 horas debería ser suficiente?

Muchas empresas (grandes, eso sí) prohíben a sus trabajadores permanecer en la empresa a partir de una determinada hora. Y la productividad no ha bajado.

Y eso es porque meter horas no vale para nada. Todo tiene un precio, chaval. Y si trabajas 11 horas al día aguantarás un mes, un año… pero lo pagarás. Y lo pagarás caro.

Y si no te mueres, te perderás a tus hijos.

O mil experiencias maravillosas que te enriquecerán, y harán que tu mente esté descansada.

Y que trabajes más y mejor.

El virus del presencialismo

A estas alturas de la película la palabra “pandemia” te suena mucho más de lo que debería, y no digamos “vacuna”. Casi casi es de lo único que hablan los medios desde hace más de un año.

Bien, pues hay otra pandemia. Y es la del presencialismo y la ineficiencia empresarial, que tanto daño hace a las personas en su punto más débil: necesitamos trabajar para sentirnos realizados. Pero no de cualquier manera.

Bien, pues amigo, tengo una excelente noticia: ¡HAY UNA VACUNA CONTRA LA INEFICIENCIA!

Se llama KAIZEN.

KAI significa “cambio” y ZEN “bueno”, así que podemos traducir Kaizen por “cambio a mejor”, aunque el nombre más conocido es mejora continua. Y en KAOS BUSTERS hemos desarrollado una vacuna que crea anticuerpos, y con solo una dosis.

Y es que Kaizen no es solo una cosa. Es mucho más. Para empezar, no se trata de una metodología, sino de una forma de entender la empresa. Casi casi te diría que es una filosofía.

Por eso precisamente, porque es una filosofía, podemos decir que tiene dos vertientes fundamentales: una técnica, cuyo objetivo es que los procesos sean lo más eficientes posible, y otra humana, que va a buscar la realización personal y por qué no decirlo, la felicidad de los trabajadores de una empresa.

Ten en cuenta que KAIZEN es una metodología japonesa, creada en TOYOTA, una de las empresas más importantes del mundo. Y la cultura japonesa es muy diferente a la nuestra, así que hay algunas cosas que quizá choquen un poco con nuestra forma occidental de entender el mundo de la empresa.

No estoy diciendo que sea mejor ni peor. Es una propuesta más. Nosotros sabemos que funciona y por eso queremos enseñártela, pero lo bueno es que es una metodología flexible, que puedes adaptar a tus necesidades.

Así que ya sabes:

Be Kaizen my friend

 

Fuente: https://www.who.int/es/news/item/17-05-2021-long-working-hours-increasing-deaths-from-heart-disease-and-stroke-who-ilo

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